Luis Pastor: “Si hay un cantautor folk y primario, ése soy yo”

No sabe qué fue antes, la música o la conciencia de clase. De familia campesina emigrante a la ciudad, llegó al Madrid de los años 60, al poblado de chabolas de Orcasitas, y luego Vallecas le imprimió en el ADN el movimiento obrero y la lucha social. Luis Pastor (Berzocana, Cáceres, 1952) es un cantautor militante y un ser musical. De muchos mimbres se han tejido sus canciones: Paco Ibáñez, José Afonso, Portugal, Brasil, los ritmos africanos, los coros de Lourdes Guerra… A sus espaldas, más de 40 años haciendo música y discos como Vallecas, Aguas Abril, Diario de Abordo, Por el mar de mi mano, Soy o ¿Qué fue de los cantautores? “Aquí me tienen, señores”. Nunca se fue, por eso un documental de Ramón Moratalla y Diariofolk homenajea su vida bajo el título Luis Pastor, un Grândola en el corazón.

¿Cómo es eso de verse en un documental?

Al final esto es un encuentro de gente que te quiere. Mucha emoción cuando ves imágenes de tu niñez, del pueblo, de tus padres… Te pones un poco ñoño, pero es una satisfacción que se plasme el recuerdo de un cantautor como yo que lleva tantos años. Espero que sirvamos para algo (risas).

El título recoge un verso de su poema Qué fue de los cantautores: “Aunque en invierno haga frío, me queda la primavera, un abril para la espera y un Grândola en el corazón”. ¿Qué ha significado la Revolución de los Claveles en su vida?

El sueño de que las utopías son posibles. En una España en la que éramos jóvenes que luchábamos por cambiar la sociedad y acabar con la dictadura, de pronto en el país vecino el ejército que sustentaba el fascismo en Portugal, es capaz de cambiar y ponerse del lado del pueblo y de la democracia, bueno de los capitanes para abajo. Eso fue una inyección moral, un espejo donde reflejarnos y ver que los sueños se cumplen.

¿Y en lo musical cómo le influyó?

El símbolo de esa revolución es una canción, Grândola, Vila Morena, de un maestro mío, José Afonso. Comparto, a través de la música y los compañeros de viaje más allá de nuestras fronteras, lo que supuso también para la canción como símbolo de lucha y potencial revolucionario en aquellos años. Hubo luego colaboraciones en mis discos de músicos portugueses, Fausto produjo mi tercer disco, había intercambios y encuentros constantes.

Ya no se hacen las revoluciones con flores…

 

Es que no nos queda más remedio. Los de siempre estamos ahí, nunca hemos abandonado la postura solidaria de lucha y reivindicación, manteniendo un grado de inocencia para creerse al ser humano. Ha habido luchas puntuales. Hace años cuando nadie se movía los trabajadores de Sintel estuvieron seis meses en el Campamento de la Dignidad y han conseguido hace unos meses que les indemnicen. Las mareas blancas echando atrás la privatización de la sanidad, el barrio de Gamonal… A luta continua, como decían en Portugal.

En el documental cuenta su llegada a Madrid y el sentimiento de “paletos”, mano de obra barata y acomplejada. ¿Cómo les salvó la cultura?

Nos salvó porque la cultura es la base para que seamos seres humanos libres, con pensamiento propio, independientes, sin dejarnos manipular ni engañar, personas que abrimos nuestra mente más allá del pensamiento único y de la educación que nos daba aquella dictadura y aquella Iglesia oficial. Fuimos capaces de romper esos lazos y de crecer, de mirar con la cabeza alta y de sentir orgullo de haber sido campesino, emigrante, trabajador, vallecano. Eso fue posible gracias a la cultura, los libros, los debates, la gente que venía a darnos charlas, los curas obreros de esa otra Iglesia de base, de izquierdas (donde nace el movimiento sindical), que organizaban charlas en las parroquias de mi barrio para hablarnos de la historia que nunca nos habían contado, de la República y la Guerra Civil. Nos ayudó a conformar un pensamiento, a ser un colectivo que supimos transformar nuestra propia vida, nuestros barrios, nuestra calles, hospitales, colegios, parques. Lo conseguimos aquellos años gracias a la gente que nos enseñó y dio horas de su tiempo. Eso luego se ha perdido al pensar que todo tiene un precio y todo es material, y eso es mentira, por ahí no construimos nada positivo.

También hay una cultura que viene del campo, usted habla de ella: “Que mi padre labraba, artesano del surco, escultor del manzano y la higuera, sabio en su oficio”.

Hay generaciones que han perdido ese referente, pero posiblemente hay una nueva necesidad de muchos jóvenes de volver a eso porque la propia vida les va a poner en esa tesitura. No sabemos qué nos depara el futuro, pero el campo está ahí. El campo ha dado de comer a los pobres y en una sociedad que fabrica cada vez más pobres, posiblemente esa cultura rural va a ser cada vez más necesaria para ser autosuficientes: producir tu comida, tu huerto, tus gallinas, es una alternativa y una salida digna.

¿Por eso sus canciones huelen a flor de jara y paisaje campestre?

La música es lo que más nos acerca al espíritu y en ese acercamiento a la Naturaleza hay un viaje y un retorno a la memoria. Lo empecé a vivir en los años 80 cuando ya llevaba mucho tiempo en Madrid, y sentí esa necesidad, ese reencuentro, e hice poesía de todo eso, de esa memoria, de ese recuerdo, de esos sabores y esos olores que por muchos años que pasen la ciudad no te hace olvidar. Siempre he estado muy conectado al hilo del yo más personal que he ido contando en las canciones y muchas veces ha salido el pueblo, el campo, la memoria a la que uno viaja constantemente.

Y en la memoria los conciertos interrumpidos por los grises dando golpes, las letras de canciones bajo la censura franquista… ¿A qué dictaduras nos enfrentamos hoy?

A la dictadura del dinero, sobre todo. Posiblemente también nos empezamos a enfrentar a una dictadura camuflada de democracia que te recorta tus derechos sociales y la libertad cada vez más. Una democracia vigilada, policial. Algunas veces salgo de noche por Madrid y no me gusta tanto policía. Yo recuerdo otro Madrid, otra forma de querernos y de sentirnos. Y yo que no tengo nada que ocultar (bueno a lo mejor algún porro) pero no me siento bien, siento miedo. Imagino que los chavales más jóvenes todavía peor, porque yo al menos tengo canas y no me paran. Esto cada día se parece más a una guerra en la que no sabemos con qué herramientas defendernos pero nos están combatiendo, nos están quitando todo lo que teníamos y encima nos tratan como idiotas, nos cuentan mentiras cada día y nos tenemos que tragar el cinismo y la doble moral de unos corruptos que defienden a otros corruptos.

¿De esto nos salvarán, otra vez, la cultura y la música?

Yo ya no sé…Siendo optimistas en el pesimismo, lo importante es lo que hagamos. Como dicen los del Atleti, el día a día. Lo que aprendamos y lo que vivamos en este camino nuevo que vamos a recorrer, porque sí es verdad que en los tiempos de crisis sacamos lo mejor de cada uno de nosotros y somos capaces otra vez de ser generosos y de saber que se puede vivir con menos. Lo que pasa es que el gran engaño está montado desde hace muchos años, el capitalismo ha triunfado pero como sociedad es un fracaso porque ha generado más pobreza, más guerras, más destrucción.

¿Es el caldo de cultivo para despertar, para que una guitarra y una canción vuelvan a tener poder?

Hoy hay otras herramientas. Es verdad que el poder de una canción, de la palabra y de la poesía siempre va a existir. Pero hoy hay más altavoces, está Internet, cada persona es un potencial. Antes nos poníamos delante del micrófono, éramos la voz porque no había libertad. Hoy estamos acompañando, y sí, hay gente que no abandonamos y seguiremos ahí, cantando a las Marchas de la Dignidad. Hay que seguir, intentar ser dignos y no perder la sonrisa si se puede.

Explica que todo lo que está pasando es fruto de esa desmovilización social que se produjo en los 80, con la llegada de la democracia y los partidos ocupando el protagonismo político. A usted lo castigó la dictadura pero también el PSOE. ¿La coherencia y la honestidad se acaban penalizando siempre?

Por todo se paga un precio y cuando uno es un ser libre, no se calla y dice lo que piensa también lo paga. Uno a veces no sabe lo que está pagando. Luego con el tiempo eres consciente de cómo lo has pagado, no saliendo en los medios de comunicación en los que ellos son poderosos, por ejemplo. Pero lo importante es dormir bien, estar a gusto contigo mismo, vivir de tu trabajo honestamente, cantar y solidarizarse cuando hace falta.

Además de lo político, sus canciones reivindican que también hay que hablar de amor…

(Risas) Además de verdad, y desde el lado femenino. Hay una sensibilidad que reivindiqué en Diario de abordo, sale mi madre en la portada, y creo que he escrito canciones de amor de lo más tierno posible y con una sensibilidad que para mí entronca mucho con lo femenino. Soy de una generación en la que aprendimos a compartir y a intentar relacionarnos de otra manera con las mujeres. Hoy ves el lado de la educación machista que todavía perdura en este país y que acaba con la vida de mujeres, asesinadas, y no cambia. He visto a jóvenes más machistas que sus padres. Desde el otro lado más sensible, creo que he contado cosas bonitas de la relación de pareja, del amor, del encuentro entre dos cuerpos.

¿Con el disco Aguas Abril aprendió a contarse?

Mi largo recorrido de estos años es un aprendizaje a escribirme, a encontrarme el yo poético. En los 70 escribía desde el plural, hacia la colectividad, pero bucear dentro de uno y saber contarte en canciones me llega con Aguas Abril, cuando empiezo a escribir un diario en el 86 y ahí siento que me reflejo, que es un espejo donde van naciendo sentimientos, retazos de vida, sueños, memorias que acaban siendo imágenes poéticas. Esa costumbre del diario ha hecho que nazcan muchas de las canciones que han alimentado los discos.

¿Así que ahora es un cantautor folk, como dijo en la presentación del documental?

(Risas) En los años 90 el cantautor se quedó en tierra de nadie, ya no era folk ni era rock, ni era músicas del mundo, no era nada. Había festivales en los que por ser cantautor español no entrabas, pero si eras cantautor portugués o brasileño sí. Para mí es un orgullo que la revista Diariofolk haya apoyado este documental y me encuadre en ese concepto de folk porque si hay un cantautor folk y primario, ése soy yo (risas). La tímbrica de mis canciones, me acompaño con golpes en el pecho, canto a capela, cosa que casi nadie hace pero es lo más del folk absoluto…

Ha pasado la frontera de los 60 años con un espíritu muy jovial, al menos en apariencia… ¿Se cuida?

Por ahora es así, de cintura para arriba (risas). Para mí cuidarse es levantarme cuando se me abren los ojos porque no uso reloj, eso lo vengo haciendo toda la vida. Hacerme un zumito de naranja, desayunar, ir a comprar el pan, irme al mercado, cantarle a las cajeras y al carnicero, luego estar en casa, si hace frío encender la chimenea, coger la guitarra, leer un libro…

¿Y a qué le cantará Luis Pastor cuando cumpla 70?

Yo creo que a los poetas. Supongo que voy a escribir más pero siento que lo que tenía que contar ya lo he contado a nivel amoroso, creativo. De pronto puedo hacer otro tipo de canciones, como Qué fue de los cantautores, pero me veo cantándole a los poetas, La vida son círculos que se abren y se cierran, a veces en un espacio corto de tiempo y otras en toda una vida. Ahora otra vez voy a grabar a Saramago, 14 poemas en El viaje del elefante, tengo un libro-disco hecho desde hace siete años de poetas canarios que no he grabado, he compuesto para 20 poemas de Miguel Hernández que tampoco he grabado aún, tengo ya musicados tres poemas de García Montero. Antes de esta entrevista estaba leyendo a Caballero Bonald… Está claro que me veo musicando a poetas.